REFLEXIONES SOBRE LA NUEVA MEDICINA.
Entrevista al Doctor Hamer.
Doctor Hamer, ¿qué le indujo a interesarse en el cáncer, y a cuestionarse las relaciones de causalidad entre el alma y las enfermedades?
Hasta
1978 no me había ocupado especialmente de ello. Era internista, es decir, especialista
en medicina interna, y llevaba trabajando 15 años en clínicas universitarias
(C.H.U.). Dirigí cursos durante cinco años, enseñando a estudiantes. Era un
internista normal, tenía en mi haber varios años de práctica médica... Todo eso
hasta 1978.
Luego
sucedió algo terrible. Un loco furioso disparó su fusil, sin el menor motivo,
contra mi hijo Dirk, que dormía sobre un barco. Fue un golpe imprevisto que me
pilló totalmente desprevenido. Un golpe contra el que me sentí impotente y sin
capacidad de reacción. En la vida corriente, los sucesos y conflictos normales
no ocasionan sobre nosotros un choque tan brutal. Siempre tenemos ocasión de
prepararnos un poco ante ellos; son lo que denominaríamos los conflictos
ordinarios que solemos tener. Por el contrario, a los conflictos ante los que
no tenemos preparación, y que provocan una violenta perturbación psíquica, un
choque, les llamamos conflictos biológicos.
Fue así
como en 1978 caí enfermo a causa de un conflicto biológico, un conflicto de
pérdida, desarrollando un cáncer testicular. En aquellos momentos, como todavía
nunca había enfermado de nada grave, aquello me hizo reflexionar. Pensé que,
sin duda, aquel cáncer testicular debía estar relacionado, de una u otra
manera, con la muerte de mi hijo.
Luego,
tres años más tarde, en un clínica de cáncer ginecológico de la Universidad de
Munich en la que era jefe de servicio de medicina interna, tuve ocasión de
investigar si en mis pacientes del centro el mecanismo se había desarrollado
exactamente de la misma forma que en mí. Es decir, si también ellas habían
sufrido un choque conflictual. Descubrí que, efectivamente, en todas mis
pacientes sin excepción se había producido un tal suceso-choque, a partir del
cual habían tenido las manos frías y experimentado pérdida de peso, insomnio,
etc. De manera que, tirando del hilo, se podía remontar hasta el choque inicial
a partir del cual el cáncer debió producirse.
Por
entonces esta opinión era hasta tal punto contraria a las tesis oficiales de la
medicina escolar, que tan pronto expuse estas ideas a mis colegas se me colocó
ante la disyuntiva de abandonar mi trabajo de clínica o retractarme.
¡Parece
algo propio de la Edad Media! ¿Cómo reaccionó usted ante esta situación?
Bueno,
cuando se es Frison no se puede abjurar, ya que ante la falta de argumentos que
me refutasen hubiese debido abjurar de mis convicciones íntimas. Por lo tanto
me fui. El despido me produjo un conflicto biológico o, más concretamente, una
desvalorización violenta y brutal, lo recuerdo muy bien, ya que encontré
monstruoso que se me pudiera echar de la clínica únicamente por haber realizado
un descubrimiento científico fundamentado, nuevo e irrefutable. Además, nunca
hubiese imaginado que eso fuese posible. Fue totalmente dramático, ya que hasta
el último día pude examinar a mi paciente número 200, de manera que la Ley de
Hierro del Cáncer casi vio la luz in extremis.
¿Podría
explicarnos brevemente y de forma sencilla cuáles son los criterios esenciales
de la Ley de Hierro del Cáncer?
La Ley
de Hierro del Cáncer es una ley biológica. Conlleva tres criterios, el primero
de los cuales se enuncia así:
Es el
S.D.H., Síndrome de Dirk Hamer. Le denominé así porque el choque
provocado por la muerte de mi hijo Dirk fue el origen de mi cáncer testicular.
Luego, este Síndrome Dirk Hamer se convirtió en el eje, la columna vertebral de
toda la Nueva Medicina. Así pues, en cada caso de enfermedad debemos intentar
reconstruir escrupulosamente el Síndrome Dirk Hamer, con todos sus agentes y
consecuencias.
Debemos
retroceder hasta la situación específica de aquel momento. Es sólo a partir de
aquella situación que podremos comprender por qué el problema ha constituido
para alguien un conflicto biológico. Por qué razón fue tan dramático. Por qué
el afectado estaba tan solo en aquellos momentos. Por qué nadie había podido
compartirlo con él, y por qué el problema provocaba en él un conflicto activo.
Es decir, que la persona en cuestión no podía escoger entre dos opciones que se
le ofrecían o no tenía ninguna posibilidad de reaccionar ante el problema.
Un buen
médico debe poder efectuar con igual eficiencia la identificación con un bebé
-incluso un embrión-, con un viejo, una jovencita o un animal, y ser capaz de
trasladarse hasta la situación que originó el Síndrome Dirk Hamer. Ese es el
único medio que tiene para poder distinguir entre un problema -de los que
tenemos a centenares- y un conflicto biológico.
La
Ley de Hierro del Cáncer tiene además otros dos criterios, ¿no es cierto?
Sí. El
segundo criterio se enuncia así:
En
efecto, los conflictos no existen por sí mismos, sino que cada conflicto tiene
una forma muy determinada que se define en el mismo instante del Síndrome Dirk
Hamer. La forma del conflicto se genera por vía asociativa, es decir, por
coordinación instintiva de ideas que generalmente escapa al filtro de nuestra
razón.
Por
ejemplo, tomemos un conflicto típico de agua o de líquido: un camión cisterna
pierde todo su contenido en un accidente de circulación, o el coche de una
cooperativa lechera vuelca y derrama en la calzada toda la leche. Se produce
una asociación con el agua o líquido y, a partir de un conflicto biológico
mentalmente relacionado con el agua, un conflicto de agua, un tipo específico
de cáncer de riñón.
¡Eso
significa pues que a cada forma de conflicto le corresponde un cáncer
determinado, y un emplazamiento específico en el cerebro!
Sí.
Existe un relé específico a nivel cerebral. En nuestro ejemplo de cáncer de
riñón por conflicto de agua o líquido, en el mismo segundo de producirse el
Síndrome Dirk Hamer se produce un cortocircuito en una localización
predeterminada del cerebro que, según los casos, corresponderá al riñón derecho
o izquierdo. Este cortocircuito puede ser fotografiado con ayuda de los
escaners cerebrales. La zona cerebral toma el aspecto de círculos concéntricos,
como en una diana o un estanque al que se ha arrojado una piedra.
Hasta ahora, este fenómeno ha sido siempre mal interpretado por los radiólogos, que lo diagnosticaban como fenómeno de origen artificial ocasionado por el propio aparato. La localización cerebral que presenta este tipo de alteración se denomina Foco de Hamer. No fui yo quien le dio tal nombre, sino mis detractores, haciendo burla de esos «cómicos Focos de Hamer» en las localizaciones descubiertas por mí.
¿Cómo
se enuncia el tercer criterio de la Ley de Hierro del Cáncer?
A la evolución del conflicto le corresponde una evolución determinada del Foco de Hamer en el cerebro, y una evolución específica de un cáncer o de una enfermedad equivalente al cáncer en un órgano. Se puede resumir así:
Es
fácil de concebir y además se puede hacer la comprobación en el primer caso que
se nos presente: la evolución del conflicto y, -llegado el caso-, de la
enfermedad, es sincrónico en los tres niveles. En la medida en que el conflicto
puede resolverse, constatamos que los cambios debidos a esta solución se
producen sincrónicamente, es decir, en forma paralela en los tres niveles.
Se
trata de la acción de un sistema predeterminado, en el sentido estrictamente
científico, de manera que si se conoce uno de los niveles se pueden deducir
limpiamente los otros dos. Es decir, que en último extremo tenemos un único
organismo que podemos concebir a tres niveles pero que de hecho es uno solo.
He aquí
un pequeño ejemplo. En mayo de 1991, tras una conferencia en Austria, cerca de
Viena, un médico me presentó el escáner cerebral de uno de sus pacientes,
rogándome que explicase a sus veinte colegas presentes -la mayoría radiólogos y
especialistas de escaners cerebrales- lo que yo podía deducir a nivel orgánico
y, correlativamente, a nivel psíquico. La información de que disponía era tan
solo de uno de los tres niveles: el cerebral.
A partir del escáner cerebral diagnostiqué un carcinoma vesical en inicio de sangrado y en fase de curación; un antiguo carcinoma prostático; una diabetes; un antiguo carcinoma bronquial y una parálisis sensorial de una zona determinada del cuerpo, informando a la vez de los correspondientes conflictos. Ante lo cual, el médico se levantó y afirmó ante todos sus colegas: «¡Mi más sincera felicitación, Doctor Hamer! Los cinco diagnósticos son cinco aciertos. Es exactamente lo que tiene el paciente y lo que ha tenido. ¡Es fantástico!»
Uno de
los radiólogos presentes comentó entonces: «A partir de hoy me he convencido de
lo bien fundamentado de su método. En efecto, ¿cómo, sino, podría adivinar un
carcinoma de la vejiga en inicio de sangrado? Yo mismo no había hallado nada
remarcable en el escáner cerebral, pero ahora que nos ha mostrado los relés
estoy dispuesto a ratificar seguidamente su diagnóstico».
Detengámonos
un instante en el plano psíquico. ¿Cómo detectar que he sufrido un choque de
este tipo, que desencadena a continuación la correspondiente enfermedad
cancerosa? ¿Cómo se reconoce?
Hay
criterios precisos que hacen que se distinga con facilidad de los problemas y
conflictos normales con que nos enfrentamos cotidianamente.
Tras un
Síndrome Dirk Hamer, el paciente se halla en un estado duradero de
simpaticotonía, de estrés permanente, es decir, con pies y manos completamente
fríos, sin apetito, adelgazando, sin poder dormir por la noche, sin poder
pensar en otra cosa, de día como de noche, que en su conflicto. Este estado
sólo cambia cuando el paciente ha resuelto su conflicto.
Así pues,
y a diferencia de los conflictos y problemas normales, vemos que los pacientes
que sufren estos conflictos biológicos mantienen un estrés permanente que
presenta síntomas muy determinados, con lo que además del desarrollo del cáncer
y del foco localizado en el cerebro, visible desde el primer momento, el
paciente manifiesta síntomas psíquicos muy conocidos y definidos que no pueden
pasar desapercibidos.
¿Qué
sucede exactamente cuando se resuelve uno de estos conflictos biológicos?
Volvemos
a ver síntomas muy manifiestos en el plano psíquico, cerebral y orgánico. En el
plano psíquico, y a nivel vegetativo, vemos que el paciente deja
repentinamente de reflexionar día y noche sobre su conflicto, recupera su ritmo
normal de sueño y gana otra vez los kilos que había perdido en el transcurso de
la fase simpaticotónica de conflicto activo. En contraposición, se siente
decaído y fatigado, por lo que en ocasiones debe permanecer acostado.
Esto,
lejos de ser el principio del fin, es un síntoma muy positivo. La duración de
la fase de curación es variable ya que está en función del conflicto que la ha
precedido y, en general, el paciente tarda en recuperarse tanto tiempo como ha
durado el conflicto. En el punto culminante de la fase de curación, en el curso
de la cual el cuerpo ha almacenado mucha agua, asistimos a una crisis
epiléptica o epileptoide que se manifiesta, según cada enfermedad, a través de
diversos síntomas. Tras esta crisis, el cuerpo elimina de nuevo el agua de los
edemas y regresa lentamente a la normalidad. De igual manera el paciente se da
cuenta de que va recuperando lentamente las fuerzas.
En el curso de la fase de curación, vemos paralelamente en el plano cerebral que el Foco de Hamer -que durante la fase activa del conflicto mantenía la configuración de una diana- se edematiza, es decir, se impregna de una sustancia colorante, y que los anillos visibles por escáner van desapareciendo, se difuminan, al tiempo que el relé cerebral se tumefacta por completo.
La
crisis epiléptica o epileptoide mencionada anteriormente, y que de hecho es
desencadenada por el cerebro, marca también allí el punto culminante del edema,
es decir, el punto de reflexión y de retorno a la normalidad. En el transcurso
de la segunda mitad de la fase de curación empieza a confluir en el cerebro el
tejido conjuntivo cerebral inofensivo, denominado neuroglía, con el objetivo de
reparar el Foco de Hamer. Este tejido conjuntivo, totalmente inofensivo y que
en el escáner cerebral podemos colorear de blanco con un producto de contraste
yodífero, ha sido a menudo y de forma errónea tomado por un tumor cerebral y
extirpado por pura tontería. En efecto, dado que tras el nacimiento del ser
humano las células cerebrales no pueden reproducirse a sí mismas, es imposible
que existan auténticos tumores cerebrales.
En el plano
orgánico, vemos ahora lo que hasta aquí era considerado como más
importante, a saber: que el cáncer no progresa. Es decir, que a partir de la
solución del conflicto -que nosotros llamamos conflictolisis- el cáncer se
detiene y deja de proliferar.
Este es
un descubrimiento extremadamente importante que, por así decir, programa de
antemano la terapéutica del cáncer. También sobre el plano orgánico vemos
igualmente procesos de reparación muy determinados que desde ahora examinaremos
con más precisión. La crisis epiléptica se manifiesta también a nivel orgánico
al mismo tiempo que los fenómenos correspondientes lo hacen en los otros dos
niveles.
¿Podría
describirnos qué es realmente una crisis epiléptica?
La
crisis epiléptica es un proceso que ha ejercitado la naturaleza desde hace
millones de años. Se desarrolla simultáneamente a tres niveles. El sentido y
objetivo de esta crisis, que sobreviene en el punto culminante de la fase de
curación, es el de retorno a la normalidad. Es lo que habitualmente denominamos
un ataque de rampa, con rampas musculares que son una forma específica de
crisis epilépticas, a saber, la que se desencadena tras la solución de un
conflicto de motricidad.
Pero
las crisis epileptoides, decir, parecidas a las crisis epilépticas, se producen
en principio en todo tipo de enfermedades, si bien con diferencias según sean
éstas. Para este importante fenómeno la naturaleza ha inventado -por así decir-
un truco. En el punto medio de la fase de curación el paciente experimenta una
recaída fisiológica de su conflicto, es decir, que cada paciente revive
brevemente su conflicto, lo que por momentos le coloca en una fase de estrés:
presenta manos frías, sudor frío generalizado y revive brevemente todos los
síntomas de la actividad conflictual. El objetivo de todo ello es presionar y
expulsar el edema cerebral para que el paciente pueda regresar a la normalidad.
Una vez que la crisis epiléptica ha terminado el paciente vuelve a aumentar la temperatura
corporal. Tras ello se sucede una pequeña fase de pérdida de orina.
Tras la
crisis epiléptica el paciente se encamina de lleno a la normalización, lo que
significa que una vez superada la crisis ya no volverá a producirse nada que
pueda asustar o que sea grave. Hacia el final de la fase de curación se produce
una gran fase de pérdida de flujo urinario en el transcurso de la cual el
cuerpo elimina completamente el resto de los edemas.
El
momento de peligro se sitúa inmediatamente al final de la crisis epiléptica o
epileptoide, ya que es entonces cuando se descubre si la crisis epileptoide ha
sido o no suficiente para eliminar el vapor. La crisis epiléptica más conocida
es el infarto de miocardio y en la lista de crisis epileptoides más conocida es
el infarto de miocardio, y en la lista de crisis epileptoides figuran
preferentemente la embolia pulmonar, la crisis hepática o la supuesta crisis
pneumónica. Para que en este retorno a la normalidad el cuerpo venza en los
casos graves, es decir, cuando el conflicto ha durado mucho tiempo, le ayudamos
con una fuerte inyección de cortisona. En los casos muy graves se puede ya
administrar la cortisona de antemano.
¿Podría
citarnos, como ejemplo, algunos conflictos típicos? Y lo que también sería
interesante, ¿por qué se les denomina conflictos biológicos?
Les
llamamos conflictos biológicos porque se explican desde un punto de
vista ontogenético, se presentan de manera analógica tanto en el hombre como en
el animal, y evolucionan igualmente de forma análoga en ambos. No tienen nada
que ver con los problemas y conflictos con que nos enfrentamos habitualmente
(los conflictos psico-intelectuales). Son conflictos de una calidad
fundamentalmente diferentes, casos de perturbación, por así decir, previstos
por la naturaleza en el programa arcaico de comportamiento grabado en nuestro
cerebro.
Imaginamos que lo pensamos, pero en realidad el conflicto estalló ya en el intervalo de segundos por vía asociativa antes incluso de que hubiésemos empezado el acto de pensar. Por ejemplo, cuando un lobo arrebata a la madre su pequeña oveja, la madre desarrolla un conflicto madre-hijo tal como lo hace la madre humana. La madre oveja producirá un cáncer de mama en el mismo lado que la madre humana desarrolla el suyo, según sea diestra o zurda. El relé cerebral se halla en la misma localización en que en la madre humana se ubica el relé del comportamiento madre-hijo y, en caso de perturbación, el Foco de Hamer correspondiente al conflicto madre-hijo o al conflicto de nido. Es la misma localización donde, en la tetilla del niño pequeño, se localiza el relé para las relaciones niño-madre.
Todos
nuestros conflictos biológicos pueden ser clasificados ontogenéticamente.
Ontogenéticamente nosotros sabemos cuándo -es decir, en qué etapa de la
evolución de las especies- los comportamientos específicos han sido
desarrollados y registrados, de forma que no sólo existen correlaciones entre
órganos y zonas cerebrales, sino también conflictos íntimamente ligados ontogenéticamente.
Una vez más, todas las perturbaciones psíquicas relacionadas tienen relés
vecinos en el cerebro y, ontogenéticamente hablando, son también vecinas a
nivel orgánico, de manera que presentan la misma formación celular histológica.
Es aprendiendo a considerar nuestro organismo desde un punto de vista
ontogenético que descubrimos la prodigiosa organización de la naturaleza.
¿Podría
darnos algunos ejemplos tomados de nuestra vida cotidiana?
Sí.
Tomemos por ejemplo el caso de una madre que lleva a su hijo cogido de la mano
mientras está hablando con una vecina en la acera. De repente, el niño se
suelta de la mano de la madre y se lanza a la calle. Chirrido de neumáticos, un
vehículo que frena bruscamente... y el niño que sale por los aires o es atropellado.
La madre no estaba preparada para un tal suceso y la ha pillado totalmente
desprevenida. Se ha quedado helada de espanto. El niño es conducido al
hospital, en el que permanece quizá durante días enteros entre la vida y la
muerte. Su madre tiene las manos heladas, no puede dormir, ha perdido el
apetito y se halla en estado de estrés permanente. Desde el momento mismo del
accidente empieza a desarrollarse en su pecho izquierdo (o en su pecho derecho,
si es diestra), un nódulo. Ha sufrido un conflicto típico madre-hijo, con
configuración en forma de diana en el cerebelo derecho. Cuando la madre recibe
el alta de los médicos para llevar a su hijo a su casa, y éstos le dicen: «Ha
tenido suerte, ha salido bien de esto, no le quedarán secuelas», desde ese
mismo momento su conflicto entra en fase de curación. Se ha solucionado el
conflicto y a partir de entonces la madre vuelve a tener las manos calientes,
puede volver a dormir de nuevo, recupera peso y tiene otra vez apetito. He aquí
una evolución típica del conflicto, que es casi idéntica tanto en el hombre
como en el animal.
Otro
ejemplo puede ser el de una mujer que sorprende a su marido en la cama con su
mejor amiga. La mujer desarrolla una conflicto de frustración sexual que en el
lenguaje biológico es un conflicto de ser-privado-de-unión-carnal-con, y en el
plano orgánico se traduce en un carcinoma de cuello de útero si la mujer es
diestra.
Sin
embargo, y ante la misma situación, no todo el mundo reacciona obligatoriamente
de igual manera, ni tiene como resultado obligado el mismo conflicto. En
efecto, si la mujer no amaba ya al marido y desde hacía tiempo pensaba en el
divorcio no siente esta sorpresa de delito flagrante como un conflicto sexual
sino, a lo sumo, como un conflicto humano de falta de solidaridad con la
familia. Éste sería un conflicto de pareja y provocaría un cáncer de mama del
seno derecho, si la mujer es diestra.
Desde
el punto de vista psíquico, el mismo suceso, aconteciendo en un contexto
psíquico diferente, sólo es en apariencia el mismo suceso ya que en realidad se
trata de algo totalmente diferente. El determinante no es lo que sucede,
sino cómo lo encaja psíquicamente el paciente en el momento del Síndrome
Dirk Hamer. En este caso, el mismo acontecimiento podría desencadenar un
conflicto de miedo-disgusto, con hipoglucemia (es decir, disminución en sangre
del nivel de glucosa) si la mujer hubiera sorprendido a su marido en una escena
desagradable con, digamos, una prostituta. O bien, el mismo acontecimiento
podría desencadenar una desvalorización de sí mismo -con o sin conflicto
sexual-, si la mujer hubiese sorprendido a su marido con una chica veinte años
más joven que ella. Entonces se hubiera dicho: «Evidentemente, no puedo
competir, yo no puedo ofrecerle eso». En una tal situación la zona del cuerpo
afectada sería el sistema esquelético (la pelvis púbica), donde se produciría
osteolisis, es decir, descalcificaciones, como signo de la desvalorización
sexual.
Es
preciso saber todo esto para descubrir lo que el paciente tenía en su cabeza en
el momento del Síndrome Dirk Hamer ya que es en ese preciso instante cuando se
pone a rodar sobre el raíl de la enfermedad. Este raíl es una imagen en extremo
importante porque todas las recaídas y retrocesos que eventualmente se
producirán a continuación seguirán de nuevo el trazado inicial del raíl.
Podemos hablar por eso de una verdadera alergia al conflicto.
Doctor Hamer, ¿se pueden tratar ya pacientes a partir de la Ley de Hierro del Cáncer?
En
principio sí. Pero la Ley de Hierro del Cáncer es tan solo la primera ley
biológica de la Nueva Medicina. En total hay cuatro leyes biológicas que he
descubierto empíricamente, es decir, que se fundamentan en la observación de
15.000 casos parecidos y documentados hasta el momento. Si se quiere trabajar
concienzudamente debería verificarse cada caso en función de las cuatro leyes
biológicas.
Veámoslas
pues una por una. ¿Cuál es el enunciado de la segunda ley biológica descubierta
por usted?
La
segunda ley biológica de la Nueva Medicina es la ley de las dos fases de las
enfermedades.
¿De
todas las enfermedades?... ¿No únicamente del cáncer?
Sí,
todas las enfermedades del conjunto de la medicina tienen dos fases.
Antiguamente, al ignorar este contexto se habían listado a grosso modo
hasta un millar de enfermedades.
La
mitad eran enfermedades frías, es decir, que el paciente presentaba los vasos
sanguíneos de la piel contraídos, estaba pálido y mostraba pérdida de peso. El
resto de enfermedades eran calientes y cursaban con fiebre, dilatación de vasos
sanguíneos, buen apetito pero mucho cansancio. Todas estas supuestas
enfermedades eran consideradas como afecciones autónomas. Hoy en día sabemos
que todo esto era un error. En todos los casos se trataba tan solo de enfermedades
a medias de forma que actualmente lo que conocemos por encima son quinientas
enfermedades que presentan dos fases:
En el cerebro, los Focos de Hamer de las dos fases se sitúan en la misma posición, pudiendo incluso afirmarse que es el mismo Foco de Hamer. Durante la fase activa del conflicto los círculos concéntricos en forma de diana aparecen claramente delimitados. En la fase de curación estos círculos se difuminan en edemas. Vemos con estos ejemplos que estas leyes biológicas (hablaremos conjuntamente de las dos restantes) son válidas para el conjunto de la medicina y no únicamente para el cáncer.
El
viejo ciervo, expulsado de su territorio por el ciervo joven, está también en
un estado permanente de estrés, y desarrolla un conflicto biológico, a saber,
un conflicto de territorio, un poco por encima de la oreja derecha. El ciervo
se comporta como un condenado, sueña tan solo con recuperar su territorio. No
come, no duerme y adelgaza porque se halla en un estado de continuo estrés. Sufre
dolores punzantes en el corazón, angina de pecho, pequeñas úlceras en las
arterias coronarias a nivel orgánico. Y regresa a la normalidad una vez que
consigue -justamente porque vuelve a la normalidad- expulsar al rival intruso
reconquistando el territorio. A partir de ese momento entra en la fase de
vagotonía permanente y vuelve a comer de nuevo con normalidad, se siente
invadido por un gran cansancio, engorda y recalienta sus extremidades. En la
cima de la fase de curación sufre un infarto de miocardio como crisis
epiléptica. Si consigue superarlo puede recuperar la posesión de su territorio.
En el
reino animal las cosas suceden de forma similar como en el hombre. En el hombre
su territorio será quizá su granja, su familia o su empleo, puesto que el hombre
tiene muchos más territorios parciales. Incluso un automóvil puede ser un
territorio. En el hombre no se produce infarto a menos que el conflicto haya
durado entre 3 y 4 meses y, normalmente, si el conflicto ha durado más de un
año, y si no se ha detectado su pase a la fase de curación vagotónica, puede
convertirse en mortal. Un escáner cerebral permite hacer un rápido diagnóstico.
Resulta sorprendente que los médicos no hayan descubierto desde hace tiempo
este carácter bifásico de todas las enfermedades, siendo algo tan generalizado.
El
motivo resulta tan fácil de ver ahora como difícil lo era antiguamente: se
trata simplemente de que tan solo una parte de los conflictos pueden
solucionarse. Si el conflicto no puede ser solucionado la enfermedad se mantiene
en una única fase, es decir, el individuo permanece en su actividad
conflictual. Cada vez adelgaza más y más y acaba por morir de extenuación o de
caquexia. La ley del carácter bifásico de las enfermedades vale sólo,
rigurosamente hablando, en aquellos casos en que el individuo puede hallar la
solución a su conflicto. Sin embargo esta ley es facultativamente válida para
toda enfermedad y todo conflicto dado que, en principio, todo conflicto puede
ser solucionado de una u otra forma.
Doctor Hamer, ¿cuál es la tercera de las leyes biológicas descubiertas por usted?
Es el
Sistema Ontogenético de los Tumores y Equivalentes del Cáncer.
¿Qué
significa «ontogenético»?
En este
contexto, el término ontogenético significa que en medicina se
pueden explicar todas las enfermedades haciéndolas remontar a la evolución de
las especies.
¿Cómo
realizó este descubrimiento?
Cuando
descubrí el sistema ontogenético de los tumores y equivalentes llevaba ya
observados un gran número de casos, más o menos 10.000. Y trabajé como debería
hacerlo todo científico consciente, a saber, de forma puramente empírica.
Documenté sistemáticamente todos los casos; coleccioné los escaners cerebrales
y los resultados histológicos, luego los reagrupé y comparé, comprobando que se
desprendía de ello un resultado impactante que hasta entonces se hubiese creído
imposible: ¡existe un sistema!.
Muchos
pacientes desarrollaban, durante la fase activa, un tumor compacto, es decir,
una proliferación celular. Otros en cambio desarrollaban algo durante la fase
vagotónica, tras la conflictolisis. Y difícilmente podía tratarse de lo mismo.
Existían pues dos clases de proliferación celular, a saber: una especie de
proliferación celular en la fase simpaticotónica de actividad conflictual, y
otra especie de proliferación celular en la fase de curación de aquellas
enfermedades que durante la fase de actividad conflictual habían cursado con
reducción celular (agujeros, necrosis, úlceras, abscesos).
Estas
enfermedades presentaban pues proliferación celular en su fase de curación, con
lo que empecé a comparar incansablemente estos diversos fenómenos. Luego, a
fuerza de comparar, acabé por descubrir el sistema de funcionamiento. Constaté,
en efecto, que los tumores que se formaban durante la fase de actividad
conflictual por proliferación celular tenían siempre sus relés cercanos uno de
otro en el cerebro, concretamente en el tronco cerebral y cerebelo.
Estas
dos partes del cerebro constituyen en su conjunto lo que denominamos el cerebro
antiguo. Así pues, todas las enfermedades cancerosas que manifestaban una
proliferación celular en el transcurso de la fase de actividad conflictual
tenían sus relés (el punto desde donde eran dirigidas) en el cerebro antiguo.
Y todos
los supuestos tumores -que no son en el fondo más que una forma de curar
exuberante, excedentaria- eran, durante la fase activa del conflicto, agujeros,
úlceras o necrosis, con relés cerebrales siempre localizados en el cerebro
propiamente dicho.
El
descubrimiento de estas correlaciones sistemáticas marcó, en 1987, el
nacimiento del Sistema Ontogenético de los Tumores y Equivalentes del Cáncer
que, tras la Ley de Hierro del Cáncer, y la Ley Bifásica de las Enfermedades,
constituye la primera clasificación sistemática del conjunto de la medicina.
En este contexto el término ontogenético significa que ni la localización del Foco de Hamer en el cerebro, ni el tipo de los tumores o de necrosis -es decir, su formación histológica- son casualidad. Por el contrario, todo está programado de forma muy lógica e inteligible por la historia de las transformaciones ocurridas en el individuo desde la fecundación hasta su perfecta constitución, es decir, la ontogénesis.
Se dice
que la ontogenia es la recapitulación de la filogenia. Eso significa que la
evolución de las diferentes especies hasta llegar al hombre queda resumida
durante la fase embrional e infantil. En el desarrollo embrionario sabemos que
existen tres hojas embrionarias diferentes que se forman desde el preciso
instante del desarrollo del embrión, y de las que derivan todos los órganos:
Cada
célula, cada órgano del cuerpo está ligado a una de estas hojas.
Las células y los órganos que se han desarrollado a partir de la hoja
embrionaria interna (endodermo) tienen sus relés, es decir, sus
bases de control, en el tronco cerebral, la parte más antigua del cerebro. En
caso de desarrollo de cáncer los órganos derivados de esta hoja embrionaria
presentan tumores compactos del tipo adenocito.
Todas
las células y órganos que se han desarrollado a partir de la hoja
embrionaria externa (ectodermo) tienen su relé de control en el
córtex cerebral o telencéfalo, la parte más nueva de nuestro cerebro. En caso
de cáncer, todos ellos muestran reducción celular en forma de úlceras o de
pérdidas funcionales a nivel orgánico, por ejemplo, una diabetes o una
parálisis.
Por lo
que respecta a la hoja embrionaria media, distinguimos un grupo más
antiguo y un grupo más reciente. Las células y órganos que
pertenecen al grupo más antiguo de la capa embrionaria media tienen su relé en
el cerebelo, es decir, forman parte del cerebro antiguo y, consecuentemente, en
caso de cáncer desarrollarán tumores compactos en su fase de actividad
conflictual y, más concretamente, del tipo adenocito.
Las
células y órganos que forman parte de la capa embrionaria media más nueva
tienen sus puntos de control en la médula cerebral, y en caso de cáncer, en la fase
activa de conflicto presentan necrosis, maceraciones óseas o incluso reducción
celular. Por ejemplo, las caries dentales, agujeros en el bazo, riñones u
ovarios, que se denominan respectivamente: osteolisis ósea, necrosis del bazo,
riñones u ovarios.
Todo
esto muestra que el cáncer no es el hecho absurdo de unas células que
proliferan al azar sino un fenómeno completamente comprensible y ya previsible,
que sigue unas directrices muy precisas según sus datos ontogenéticos.
Si
he comprendido bien, no todas las proliferaciones celulares son idénticas. Para
tener una visión de conjunto más clara, ¿podría usted ejemplarizarnos estos
diversos crecimientos a través de algunas enfermedades?
Sí, y
ésta es la verdadera razón de que hasta ahora no se haya podido encontrar
todavía una explicación sistemática a la génesis del cáncer: sencillamente se
desconocía su sistema de funcionamiento.
Según
las concepciones de la medicina tradicional, a la que se denomina medicina
académica pero que yo he rebautizado como medicina de escolares, se
realizaban clasificaciones que no tenían absolutamente nada de sistemáticas. Se
diagnosticaba un cáncer cuando unas células manifestaban un crecimiento
excesivo. Sin embargo, tal como podemos ver actualmente, las células pueden
presentar un crecimiento excesivo durante el transcurso de fases completamente
diferentes. Vemos así que hay células que pueden proliferar durante la fase de
actividad conflictual y células que pueden manifestar un crecimiento excesivo
durante el transcurso de la fase de curación del conflicto.
Tomemos
por ejemplo un paciente que presenta un conflicto de indigestión, es decir, del
cual hasta el momento había ya tragado una parte pero que no puede digerir por
completo. Compró una casa y de repente se da cuenta que el contrato de compra
no es válido, que se ha dejado engañar y que pierde la casa. Puede, por
ejemplo, desarrollar un carcinoma de estómago, es decir, una enorme
proliferación celular en el estómago, que es lo que llamamos adenocarcinoma de
estómago con crecimiento en forma de coliflor. Desarrolla este carcinoma
durante el transcurso de la fase activa del conflicto y su Foco correspondiente
está localizado en el cerebro antiguo, al lado derecho del tronco cerebral, en
lo que denominamos puente.
Otro ejemplo:
un paciente tiene un conflicto de agua, es decir, un conflicto a propósito de
un líquido, agua o cualquier cosa similar. Por ejemplo, un joven que está
nadando en el Mediterráneo, está exhausto y va a ahogarse pero en el último
segundo es salvado y reanimado. A partir de ese momento sueña durante meses que
se ahoga y decide firmemente no volver a meterse en el agua. Durante este
tiempo desarrolla un cáncer necrótico del parénquimo renal, es decir, que en el
tejido esponjoso del riñón se produce una reducción celular con necrosis hasta
que finalmente todo el tejido renal queda agotado y el riñón queda fuera de
funcionamiento. Años más tarde el conflicto se resuelve finalmente porque la
hija pequeña del paciente deseaba patalear en el agua, y el paciente decide por
primera vez ir a pasar sus vacaciones en el mar. Durante la fase de curación se
forma un grueso quiste renal o proliferación celular que se solidifica y
endurece por medio de una especie de tejido conjuntivo y cuya finalidad final
es la de reconvertirse en tejido renal y eliminar la orina.
En
general nos llegamos a preguntar cuál era, en el origen, la finalidad y razón
de ser de los tumores, o quizá incluso, cuál era su sentido actual. En efecto,
los cánceres y tumores no estaban desprovistos de significado, de finalidad,
sino que por el contrario eran algo muy juicioso. Tomemos por ejemplo el bocado
que ya está en el estómago y que por tanto se ha tragado pero que no puede ser
digerido porque es demasiado grande. Para solucionar esta situación el
organismo desarrolla una enorme tumor. Pero este tumor no es algo absurdo,
insensato, se trata de células digestivas, células intestinales que producen
enormes cantidades de jugo digestivo, y que convierten al bocado tragado en
algo digerible de manera que en el reino animal este trozo pueda ser digerido y
proseguir su curso. De igual manera hemos visto que en el origen de los quistes
existía la finalidad de construir de nuevo un gran trozo de riñón capaz de
eliminar la orina.
He aquí
pues el significado de los diversos tumores de crecimiento celular que
antiguamente no éramos capaces de discernir, pero que en la actualidad podemos
ya diferenciar y especificar en su triple plano cerebral, histológico y
conflictual. Todas estas correlaciones se resumen en el sistema ontogenético de
tumores y equivalentes del cáncer ya que todas las enfermedades que conocemos
en medicina se desarrollan de conformidad a estas cuatro leyes biológicas,
responden a ellas punto por punto y verifican notablemente el sistema ontogenético
de tumores y equivalentes del cáncer. A nivel psíquico y cerebral, todos los
síntomas en una misma fase son idénticos, sólo se diferencian a nivel del
órgano. En este nivel, cada órgano con relé de control en el cerebro antiguo
provoca proliferación celular en la fase de actividad conflictual, mientras que
los órganos dirigidos por el telencéfalo presentan, en su fase activa de
conflicto, agujeros, necrosis, úlceras, etc. Es decir, reducciones celulares.
Durante la fase de curación todo ocurre a la inversa: los órganos dirigidos por
el cerebro antiguo reducen sus tumores con la ayuda de microbios especializados
en tanto que durante esa misma fase de curación, los agujeros y úlceras de los
órganos gobernados por el telencéfalo son rellenados de nuevo con ayuda de
virus y bacterias, acrecentándose el volumen de la zona afectada por medio de
una tumefacción.
¡He
aquí pues la cuarta Ley!
En
efecto, el Sistema Ontogenético de los Microbios.
En
este contexto se oye hablar mucho del sistema inmunitario. Díganos pues, Doctor
Hamer, ¿cuál es el papel que juegan los microbios en su sistema?
Hasta
ahora concebíamos sólo a los microbios bajo la óptica de las enfermedades
infecciosas, de las cuales se les hacía responsables. Esta manera de ver las
cosas parecía evidente ya que en todas las enfermedades infecciosas se
encontraban siempre microbios. Pues bien, eso no es cierto. De la misma manera
que el sistema inmunitario global no es más que un espejismo... construido a
base de hipótesis. En las enfermedades consideradas infecciosas habíamos
olvidado o negligido su primera fase.
Estas
enfermedades, supuestamente infecciosas, estaban siempre precedidas por una
fase de actividad conflictual y es únicamente una vez que se ha resuelto el
conflicto cuando los microbios pueden entrar en acción. Y por supuesto, están
activados y dirigidos por nuestro cerebro. Lejos de ser nuestros enemigos, son
auxiliares nuestros en el sentido de que se llevan los escombros de las
secuelas del cáncer una vez que el tumor, tras haber cumplido su misión, deja
de ser útil. O bien son las bacterias y los virus los que ayudan rellenando
agujeros y reparando los desperfectos ocasionados por las necrosis y las
destrucciones tisulares del otro grupo, el grupo gobernado por el telencéfalo.
Son pues, de principio a fin, nuestros fieles ayudantes, nuestros trabajadores
despreciados. La idea que se tenía del sistema inmunitario (un ejército
luchando contra la invasión de los villanos microbios) es absolutamente falsa.
En
este contexto nos viene al pensamiento la tuberculosis. Concretamente, la
tuberculosis pulmonar. ¿Qué era pues lo que tenían las personas que hace apenas
medio siglo hacían curas de salud para curar su tuberculosis pulmonar?
Dejando
aparte la tuberculosis pleural, y limitándonos a la tuberculosis pulmonar
propiamente dicha, podemos afirmar que ésta es de hecho la fase de curación
tras un cáncer preliminar de manchas redondas en el pulmón. Este cáncer de
manchas redondas en el pulmón tiene siempre como conflicto el miedo a morir y
está siempre gobernado por el tronco cerebral.
En
consecuencia durante la fase activa del conflicto aumenta de tamaño, en tanto
que durante la fase de curación se reduce gracias a las micobacterias
(bacterias de la tuberculosis) en la medida en la que éstas se encuentran
presentes, caseificadas y expectoradas a menudo en esputos sangrientos y
dejando tras de sí cavernas que aportan al pulmón una capacidad respiratoria
sensiblemente superior a la que tenía anteriormente mientras estaba atestado de
cánceres compactos bajo la forma de manchas redondas.
Por
ello mismo, si durante la fase de curación faltan las micobacterias de la
tuberculosis, las manchas redondas permanecen. Hoy en día todavía tenemos la
posibilidad de ver a menudo, tras varios decenios, esas viejas manchas redondas
en el pulmón, sin capacidad ya de crecimiento pero que no han sido
desactivadas. En su lugar, y en los tiempos en las que las micobacterias de la
tuberculosis estaban omnipresentes, veíamos cavernas, es decir, manchas
redondas vaciadas.
Doctor Hamer, ahora podríamos enfocar la terapia práctica de los conflictos. ¿Es, en principio, una terapia que se desarrolle por la vía del diálogo?
Únicamente
hablando, no. No tenemos necesidad de esta terapia de diálogo tal y como
antiguamente era utilizada por la psicoterapia, en la que se debía hablar
conjuntamente de no importa qué problema. Se debe hablar, naturalmente, pero lo
mejor es remitirnos de nuevo al reino animal. En efecto, el animal no puede
sobrevivir, no puede resolver su conflicto si no es con una solución real. El
ciervo, por ejemplo, sólo sobrevivirá si reconquista su territorio. La madre, a
quién el predador arrebata el hijo, sólo sobrevivirá si ella le obliga a soltar
a su cachorro, persiguiéndole, o bien -eso es algo que la naturaleza ha
previsto-, si la madre vuelve rápidamente a quedar preñada. Entonces el
conflicto queda realmente resuelto.
A decir
verdad, así es como deberíamos proceder también nosotros en nuestras relaciones
humanas, intentando encontrar desde el principio una solución real al
conflicto, es decir, resolverlo en forma práctica. El ciervo necesita recuperar
su territorio o bien conquistar otro. La solución práctica es la mejor y más
duradera: es la solución definitiva.
Sólo
cuando esta solución se muestra impracticable podemos intentar una terapéutica
a través del diálogo para, digamos, tener una solución de recambio como vía de
salida, como escapatoria. Aquí es preciso que puntualicemos también que la
terapia aplicada hasta ahora en todas las dificultades psíquicas ha sido la de
calmar, desconectar, tomar tranquilizantes, siendo lo importante calmarse.
En
realidad, si la naturaleza ha programado un estrés no es sin razón, puesto que
es sólo bajo estrés que el individuo puede resolver el conflicto. Para encontrar
una solución real, lejos de suprimir el estrés, es necesario por el contrario
acentuarlo todavía más para poner al individuo en disposición de resolverlo. Si
se administrasen tranquilizantes al ciervo, jamás podría recuperar su
territorio, ya que su actividad quedaría paralizada. Se puede ver pues que, en
psiquiatría, administrando tranquilizantes -es decir, productos químicos- para
calmar a los pacientes, lo único que se consigue es cultivar enfermedades
crónicas, ya que a estos pacientes, privados de sus propios medios naturales
para resolver conflictos, no les queda viento en las velas. De esta manera
estos infelices no podrán jamas resolver sus problemas, y a menudo quedan
condenados a pasar su vida entera tras los barrotes de la psiquiatría.
Doctor Hamer, ¿cómo concebir, de forma concreta, una terapéutica basada en las cuatro leyes biológicas descubiertas por usted?
Debemos
asimilar que el paciente tiene esos tres niveles imaginarios: el plano psíquico,
el cerebral y el orgánico, aunque de hecho el conjunto de los
tres constituye un único organismo. La terapia debe pues desarrollarse a esos
tres niveles imaginarios, o extenderse a ellos.
Debemos
verificar si el paciente es diestro o zurdo, a fin de averiguar cuál es su
hemisferio cerebral predominante y del cual se sirve fundamentalmente.
Además,
es importante constatar su situación hormonal actual, precisar si, por ejemplo,
una paciente se encuentra en fase de madurez sexual, si está encinta o si toma
la píldora (que bloquea la producción hormonal). Lo mismo es aplicable -con los
oportunos cambios-, al hombre. En efecto, debido a modificaciones hormonales,
puede que la predominancia hemisférica cambie de lado, puesto que una mujer que
toma la píldora reacciona normalmente con un conflicto de territorio masculino
si su pareja la deja o abandona el hogar.
No
basta pues con encontrar el conflicto en el plano psíquico, debemos también
poder localizarlo con exactitud en el cerebro, en función de la fase
conflictual que encontremos en el momento de la anamnesis y examen del
paciente.
Y, naturalmente, es preciso que este conflicto, esta enfermedad cancerosa en el órgano, se corresponda siempre sin ambigüedad con el Foco de Hamer cerebral, es decir, que a cada localización determinada en el cerebro le corresponda siempre una enfermedad cancerosa en un órgano también determinado del cuerpo y viceversa.
Hemos
dicho ya que el conflicto debe quedar resuelto a partir del psiquismo, y que lo
mejor es encontrar la solución real, porque la base del conflicto es un
problema real. Siempre que sea posible, es preciso que el hijo enfermo de la
madre -el que tuvo un accidente- se cure y restablezca. Un hombre que ha
perdido su trabajo y que, como consecuencia, presenta un conflicto de
territorio, debe encontrar otro empleo o bien crearse un nuevo territorio
apuntándose a un club, a una asociación, jubilarse o dedicarse a un hobby.
Para
cada conflicto existen múltiples posibles soluciones. Muchas de ellas están ya
programadas por la naturaleza. Por ejemplo, antiguamente los depredadores
devoraban muchos corderos. La ovejas solucionaban el conflicto quedando
preñadas lo más rápidamente posible y trayendo al mundo nuevo corderos. En los
humanos, y de forma general, todo tipo de conflicto se detiene al tercer mes de
gestación, y ya no se puede seguir desarrollando ningún cáncer porque el
embarazo tiene prioridad absoluta.
En el plano
cerebral, la mayoría de las complicaciones aparecen durante la fase de
curación cuando, como signo de curación, aparece el edema cerebral local
presentándose hipertensión craneal (intracraneal), y siendo preciso vigilar al
paciente para que no entre en coma. Durante esta fase, y en los casos más
leves, el café, el té, azúcar de uva (glucosa), la vitamina C, la Coca Cola y
una bolsita de hielo en la cabeza resultan -como en la antigüedad- más que
suficientes. En los casos graves la elección de remedio recae actualmente en la
cortisona por su acción enlentecedora. La cortisona no es un
remedio contra el cáncer sino más bien un medio puramente sintomático
contra el edema cerebral así como contra todos los edemas orgánicos de la fase
de curación como por ejemplo, los edemas óseos provocados por la
inflamación del periostio.
En los
casos graves, y como regla general, conviene recordar lo siguiente:
En el plano
orgánico, la única terapia que se contemplaba hasta ahora era la de
suprimir el tumor -o lo que se creía un tumor-, sin intentar averiguar si éste
se había desarrollado durante la fase activa del conflicto o bien si se trataba
de una proliferación desarrollada en el transcurso de la fase de curación. Se
extirpaban indiferentemente uno y otro. Este nivel orgánico se nos presenta hoy
en día bajo una perspectiva completamente diferente. Cuando el conflicto ha
quedado resuelto, el tumor no debe ser operado ni eliminado salvo en rarísimos
y excepcionales casos.
Los tumores
de proliferación en fase de curación -que es la forma correcta de
definirlos- raramente tienen necesidad de ser operados. Tan solo en aquellos
casos en los que ocasionan una importante molestia mecánica o limitan al
paciente en sus movimientos, como sucede por ejemplo con un gran quiste renal,
o un gran bazo consecuencia, durante la fase de curación, de una necrosis
preliminar. (La necrosis del bazo se presenta en el substrato orgánico en un
conflicto de sangrado y herida, con caída de trombocitos en la fase de
actividad conflictual, y como esplenomegalia, es decir, aumento del volumen del
bazo, en la fase de curación).
Bajo el
prisma de la Nueva Medicina es preciso un replanteo total y un cuestionarse en
cada ocasión acerca de lo que debe hacerse, lo que es prudente o no hacer. En
efecto, si le dejamos al paciente la elección de si quiere o no operarse de un
pequeño tumor intestinal, sabiendo el paciente que el conflicto que lo ha
generado está ya definitivamente resuelto y que, en consecuencia, este tumor
según un grado de probabilidades rayando la certeza, no va a proseguir su
desarrollo, resulta evidente que en un 99,9% de los casos el paciente
responderá: «Doctor, dejemos el tumor tal como está. No me molesta y no volverá
a molestarme en los 30-40 años que me quedan todavía de vida».
Doctor Hamer ¿podría usted explicarnos por qué esta Ley de Cáncer se denomina de Hierro?
Porque
al igual que el hierro es inalterable. Y es una ley biológica de la misma
manera que es ley biológica el que un niño tenga siempre un padre y una madre,
ya que se precisa la participación de los dos para engendrar un nuevo ser. Es
así como en la Nueva Medicina tenemos cuatro leyes biológicas que son casi de
hierro. La segunda es la Ley de las Dos Fases de las Enfermedades. La tercera
es el Sistema Ontogenético de los Tumores y Equivalentes del Cáncer. Y la cuarta
es el Sistema Ontogenéticamente condicionado de los Microbios.
Todas
estas leyes son de hierro al igual que la Ley de Hierro del Cáncer, y todas
son, en el sentido estrictamente científico del término, reproducibles, es
decir, pueden ser controladas y verificadas desde el primer caso que se nos
presente. Decir que se tiene una ley biológica quiere decir simplemente que se
tiene una regla que enuncia cómo y según qué ley algo tiene lugar. No detalla
lo que se ha programado. Es según estas mismas reglas matemáticas como se
calcula el debe y el haber. Lo que es determinante es lo que el organismo tiene
programado. Si ha programado la solución del conflicto, es decir, si el
conflicto se resuelve, entonces la terapia se desarrolla casi automáticamente.
Si no puede programar la solución del conflicto y éste permanece sin resolver,
entonces, y en virtud de estas mismas leyes, el individuo muere. He aquí por
qué estas leyes se denominan Leyes de Hierro Biológicas.
Doctor Hamer, ¿qué papel juega en este contexto el factor tiempo, en particular en lo que respecta a las complicaciones a las que se deberá hacer frente durante la fase de curación?
Naturalmente,
el paciente pregunta a su médico: «¿Cuánto tiempo más o menos pasará hasta que
esté curado de mi enfermedad?»
Por
poco que hayamos hecho bien nuestro trabajo, localizando el Síndrome Dirk Hamer
y el momento en que el conflicto ha quedado resuelto, podemos calcular la
duración del conflicto. A condición de haber realizado una buena anamnesis,
habremos podido discernir la intensidad del conflicto. Y en función de la
duración y de la intensidad del conflicto estamos en disposición de evaluar la
masa de conflicto.
Normalmente
es un hecho que en el 90% de los casos no se presentan complicaciones notables
en la fase de curación. Queda el 10% restante. En los casos en los que el
conflicto ha durado más tiempo o la intensidad ha sido considerable (o ambas
cosas a la vez) el paciente presenta una masa importante de conflicto que, una
vez solucionado, puede crear complicaciones en forma de edemas cerebrales y,
sobre todo, de crisis epilépticas o epileptoides. Debemos conocer estas
complicaciones que, por otro lado, no son temibles más que en un 10% de los
casos en los que, llegado el momento, pueden conducir a la muerte.
Lo más
importante es, sin embargo, que a pesar de todas estas complicaciones el
paciente tenga hoy en día un nuevo enfoque de su enfermedad a través del cual
sabe que su médico está perfectamente al corriente del desarrollo global de
ésta -fase activa y fase de solución del conflicto-, y que es capaz de
controlar y dominar la situación. Como consecuencia el paciente confía
verdaderamente en su médico, y con toda razón.
Ahora,
y gracias a la Nueva Medicina, podemos practicar una terapia bien dirigida a
sabiendas, cosa que anteriormente y bajo la perspectiva de la medicina académica
no nos era posible. Gracias a este conocimiento global de la medicina el
paciente no cae nunca en un estado de pánico. O por lo menos, se asusta lo
mismo que cuando antiguamente su médico le diagnosticaba una angina purulenta.
Y sin embargo, ¿qué era una angina purulenta ? Respuesta: la fase de curación
consecutiva a un adenocarcinoma de las amígdalas.
Cada
vez más a menudo los médicos proceden a excisiones exploratorias e informan a
los pacientes -lo que es correcto- que tienen un carcinoma amigdalino. Lo que
pasa luego es que el paciente, que no sabe nada de la Nueva Medicina, entra en
un estado de pánico. Este pánico puede general nuevos choques conflictuales
tales como el miedo al cáncer y el terror a la muerte, que desencadenan un
nuevo cáncer. El primer diagnóstico médico queda así, en apariencia,
brillantemente confirmado.
¿Qué
sucede en los animales? En el reino animal prácticamente no se ven nunca
aparecer las supuestas metástasis. Un profesor austríaco de Klagenfurt ha
encontrado una original fórmula que explica este fenómeno: «Hamer nos toma a
todos por imbéciles. Dice que los animales tienen suerte porque no comprenden
la voz de los médicos-jefe, lo que explica que no desarrollen metástasis».
Según
usted pues, ¿las metástasis no existen?
Sin
ningún tipo de rodeo le contesto que NO. Lo que los ignorantes
académicos tomaban como metástasis son nuevos cánceres desencadenados por
nuevos choques conflictuales completamente yatrógenos, es decir, choques
provocados por diagnósticos y pronósticos médicos.
Esta
fábula de las metástasis se fundamentaba en hipótesis sin pruebas e
indemostrables. Ningún investigador ha podido todavía encontrar una sola célula
cancerosa en la sangre arterial de un paciente con cáncer. Y es ahí donde
deberían ser localizadas, si es que se dirigen a nado hacia la periferia, es
decir, hacia las regiones exteriores del cuerpo. Es sobre esta fábula,
completamente hipotética, en que se basa la tesis de que las células cancerosas
durante su migración -todavía no observada nunca a través de la sangre- se
habrían incluso metamorfoseado durante el camino con lo que, por ejemplo, una
célula cancerosa del intestino (que en el interior del intestino produce un
tumor compacto en forma de coliflor) de repente empezaría a emigrar hacia los
huesos donde será capaz de metamorfosearse en necrosis. Se trata de una
hipótesis aberrante digna de un dogmatismo medieval.
El
sistema ontogenético demuestra de forma definitiva que es imposible que una
célula gobernada por el cerebro antiguo, y que desarrolla tumores compactos,
pueda dejar de repente los puntos cerebrales que la gobiernan, se relacione con
el telencéfalo y fabrique una necrosis. Se puede admitir que casi el 80% de los
segundos y terceros cánceres han sido provocados por la maquinaria insensata de
ignorantes que se hallan todavía en el estadio de escolares de la medicina.
Doctor Hamer, en la génesis del cáncer ¿qué papel juegan las substancias denominadas cancerígenas? ¿Piensa usted que una nutrición sana puede detener o retardar el cáncer?
No
existen substancias cancerígenas. Se han realizado innumerables experimentos de
vivisección en animales y sin embargo todavía no se ha podido demostrar
realmente que se haya encontrado una substancia cancerígena. Desde luego, las
pruebas que se han realizado han sido completamente idiotas, ya que durante un
año se ha estado inyectando en las narices de ratas unas dosis concentradas de
formaldehído, que estas pobres bestias evitan normalmente como veneno
virulento, realizando grandes rodeos. Al final las ratas han desarrollado un
cáncer de la mucosa nasal. De hecho, el cáncer no fue debido al aldehido
fórmico o formol, sino que dado que estas pobres ratas tienen horror a este
producto, que es su bestia negra, han desarrollado un conflicto de mucosa
nasal, por tanto un Síndrome Dirk Hamer, un conflicto biológico de no querer
oler, podríamos decir.
Además,
se sabe que no es posible producir cánceres en órganos cuyas conexiones
nerviosas con el cerebro han sido cortadas. No obstante esto se han llevado
a cabo investigaciones sobre casi 1.500 substancias pretendidamente
cancerígenas, que deben tan solo su etiqueta de producto cancerígeno a la
reglamentación insensata impuesta por la vivisección. Con ello no quiero decir
que todas estas substancias resulten inofensivas para nosotros, únicamente que
no producen cáncer o, por lo menos, que no lo producen sin la intervención del
cerebro. En efecto, hasta ahora era admitido que el cáncer era resultado de
células orgánicas que se disparaban por azar.
Todas estas
elucubraciones relativas al papel cancerígeno del tabaco, al poder cancerígeno
de la anilina o de otros productos, son tan solo puras hipótesis que no han
sido jamás probadas y que resultan indemostrables. Por el contrario, se ha
observado que los 6.000 hamster expuestos al humo de cigarrillo habían vivido
una media de tiempo superior que sus 6.000 congéneres que durante 6 años no
habían sido ahumados. El hecho que les pasó por alto fue que los goldhamsters
no tienen en absoluto miedo al humo por la simple razón de que viven bajo
tierra. He aquí por qué en su cerebro no tienen registrado ese código, esa
señal de alarma contra el humo.
En los
ratones domésticos sucede todo lo contrario, a la menor emanación de humo les
entra un terrible pánico y huyen. Cuando en la Edad Media se veía una multitud
de ratones huyendo de una casa, se podía estar seguro de que en uno u otro
rincón había fuego. Por tanto, a un cierto número de estos ratones se les puede
provocar cáncer -en forma de manchas redondas en el pulmón-, lo que se
corresponde con un conflicto de miedo a la muerte.
Bastan
estos dos ejemplos para explicar y hacer comprender que todas las experiencias
que actualmente se llevan a cabo en animales no son más que crueldad absurda
hacia éstos, dado que en todas ellas se presume que el alma del animal no
existe. Resumiendo, no hay ninguna prueba de que existan substancias
cancerígenas que actúen sobre un órgano, sin que medie la intervención del
cerebro.
¿Y
en cuanto a los efectos radioactivos?
La
exposición a una radiación radioactiva, como la liberada en el accidente
nuclear de Chernobil, destruye indiscriminadamente las células del cuerpo,
siendo sin embargo las más perjudicadas las células germinativas (los gametos),
y las células óseas, ya que son estas células las que la naturaleza ha dotado
de una tasa de división más elevada.
Cuando
la médula ósea -donde se fabrica la sangre- queda perjudicada y empieza su
curación, asistimos a una leucemia que, en principio, es la misma leucemia que
se presenta durante la fase de curación consecutiva a un cáncer óseo
desencadenado por una desvalorización de sí mismo. Por tanto, y rigurosamente
hablando, debemos decir que los síntomas sanguíneos de la leucemia son no
específicos, es decir, que no se manifiestan únicamente en el cáncer sino en
toda curación de la médula ósea. El hecho de que apenas existan leucémicos
sobrevivientes de su enfermedad se debe únicamente a la ignorancia de la
medicina de escolares, cuyo tratamiento con quimio y radioterapia destruye lo
que todavía quedaba de la médula ósea, es decir, que hace justo lo contrario de
lo que debería haberse hecho. En conclusión, la radioactividad es perniciosa,
destruye las células, pero no provoca cáncer porque éste puede sólo
desencadenarse a partir del cerebro.
¿Y
la alimentación sana?
Pensar
que la alimentación sana puede impedir el cáncer es también algo absurdo.
Naturalmente, un individuo -hombre o animal- que lleva una
alimentación sana está menos sujeto o receptivo a todo tipo de conflictos,
de la misma manera que resulta evidente que un rico desarrolla diez veces menos
cánceres que un pobre porque se consiguen resolver mayor cantidad de conflictos
con una cartera bien repleta.
Por
igual motivo, un animal fuerte y robusto pilla menos cánceres que un animal
enfermo y viejo. Es algo innegable que está en la naturaleza de las cosas, lo
cual no quiere decir sin embargo que la vejez sea carcinógena. Lo que le sucede
al animal de más edad es que, simplemente, es más débil. El ciervo viejo es
menos fuerte y por tanto es expulsado fácilmente de su territorio por un ciervo
más joven que rebose fuerza.
Doctor Hamer, en la medicina tradicional el dolor es considerado como un signo negativo. ¿Qué papel juega el dolor en la Nueva Medicina?
Pues
sí, los dolores son un capítulo particularmente difícil. Existen diferentes
calidades de dolor. Hay dolores en la fase activa del conflicto, tales como la
angina de pecho o la úlcera de estómago. Y existe otro grupo: los dolores
existentes en el curso de la fase de curación, que vienen provocados por
inflamaciones, tumefacciones o edemas, o incluso por cicatrizaciones.
Los
dolores de la fase activa del conflicto, tales como los de la angina de pecho, desaparecen inmediatamente
que se ha resuelto el conflicto. Son dolores que, si se quiere, pueden ser
resueltos psíquicamente.
Por el
contrario, los dolores de la fase de curación que, en principio, son
algo positivo, no pueden ser eficazmente combatidos a menos que el paciente
comprenda las relaciones de causa y efecto, preparándose y adaptándose a ellos
como a un trabajo realmente importante que se debe realizar. Naturalmente
existen formas de atenuar los dolores del paciente, ya sea por medicamentos o
por algicidas de uso externo.
Tanto
en el hombre como en el animal, los dolores tienen fundamentalmente un sentido
biológico: el de inmovilizar el organismo por completo y el órgano, de manera
que la curación pueda realizarse de forma óptima. Así es como sucede en la
curación del cáncer de hueso. La extensión del periostio (la membrana
conjuntiva que recubre el hueso) provoca fuertes dolores durante la fase de
curación. O bien, por ejemplo, la tensión de la cápsula del hígado, que resulta
dolorosa durante el hinchamiento del hígado en la fase de curación de una
hepatitis. Debe también mencionarse el dolor cicatricial en el transcurso de la
fase tardía de curación, por ejemplo, durante el espesamiento del derrame
pleural tras un cáncer de pleura, o bien el espesamiento de las ascitis, que
constituye la fase de curación de un cáncer del peritoneo.
Lo
terrible es que en la medicina actual todos los pacientes que tienen cáncer y
dolores, aunque sean ligeros, reciben inmediatamente morfina o derivados de la
morfina. Incluso una sola inyección puede resultar mortal, puesto que modifica
aterradoramente la oscilación global del cerebro y desmoraliza al paciente por
completo. A partir de ese momento también queda paralizado el intestino y no
puede ya elaborar y asimilar los alimentos. El paciente desarrolla abulimia y
no se da cuenta de que está a punto de que le maten cuando se encontraba ya en
la fase de curación, y que tan solo con que se dejara a la naturaleza seguir su
curso recuperaría la salud en el espacio de algunas semanas.
Decirle
a un preso que se le va a ejecutar en dos semanas despierta una gran oleada de
compasión, aunque sea uno de los peores criminales. Pero si se le dice a un
paciente que se le va a ejecutar a través de inyecciones de morfina y que
durará quince días, seguro que prefiere soportar los dolores antes que dejarse
matar.
Cuando
los pacientes consideran de forma retrospectiva el tiempo relativamente corto
que han durado los dolores, agradecen que se les haya evitado la muerte por
morfina, a la cual habrían sucumbido con toda seguridad en su fase de curación,
al cabo de dos o tres semanas de recibir morfina, Fortral, Valoron
o Temgesic.
¿Pero
es que acaso los médicos no saben esto?, se preguntan incrédulos. ¡Claro
que lo saben los médicos! Se acorazan tras el punto de vista, dogmático y
confortable, de que el dolor es el principio del fin y de que, de todas
maneras, ya no se puede hacer nada. Empecemos pues por abreviar el proceso. La
curación natural del cáncer queda simplemente ignorada por razones dogmáticas a
fin de que el cáncer continúe siendo... una enfermedad de la que se muere
obligatoriamente y a través de la cual el paciente continúa siendo manipulable.
¿Cómo
resumiría lo esencial de la Nueva Medicina, lo más importante, su eje central?
La
Nueva Medicina representa un giro total de la medicina de hipótesis practicada
hasta ahora. A la medicina de escolares le hacen falta entre quinientas y mil
hipótesis y algunos millares de hipótesis suplementarias para que, a excepción
de un batiburrillo de hechos disparatados, no sepa nada en absoluto, y no haga
más que trabajar basándose en estadísticas.
Por
primera vez en el conjunto de la medicina, la Nueva Medicina sabe en función de
qué leyes biológicas se desarrollan todas las enfermedades. Y sabe que en el
fondo no son enfermedades reales sino que estas fases de conflicto activo son
necesarias, que están ahí para ayudar a resolver un conflicto que teníamos en
el marco de la naturaleza y que, en el fondo, el conflicto es para nosotros
algo bueno. Es la primera vez que nos es posible tener realmente una visión
sinóptica, en conjunto, de nuestras enfermedades. A nivel psíquico, en el plano
cerebral y en el plano orgánico, en función de las cuatro leyes biológicas. Y
por primera vez en mucho tiempo, la medicina vuelve a ser un arte, un arte para
el médico que tenga buen sentido y manos cálidas. No se puede ya detener a la
Nueva Medicina. Ni tampoco la nueva manera de pensar que emerge de ella, el fin
de la peor forma de esclavitud existente: la total alienación de sí mismo.
El
miedo resultante de la pérdida de confianza natural en nosotros mismos y en
nuestro cuerpo; el abandono de la escucha instintiva de nuestro organismo, van
perdiendo pie y empiezan a tambalearse. Y, comprendiendo las relaciones de
causa y efecto entre el psiquismo y el cuerpo, el paciente capta también el
mecanismo del miedo, el pánico irracional desencadenado por el pronóstico de
los peligros -supuestamente inevitables-, que a partir de ahora sólo son
inevitables y mortales en la medida que el paciente se lo crea y tenga miedo.
Se
acaba también el inmenso poder de los médicos, engendrado por el miedo del
pretendido mecanismo autodestructor del cáncer, por el temor del supuesto
crecimiento incontrolado de las metástasis que consumen la vida, etc. La
responsabilidad que los médicos nunca han asumido ni han podido asumir, tendrán
que restituirla ahora a los propios pacientes. Esta Nueva Medicina sólo puede
significar la auténtica libertad para aquel que la ha comprendido realmente.
Para finalizar, doctor Hamer, ¿puede explicarnos qué significa el título original de su libro Vermächtnis einer neuer Medizin, es decir Legado de una Nueva Medicina?
Considero
que el descubrimiento de la Nueva Medicina es el legado de mi hijo Dirk, cuya
muerte originó mi cáncer testicular. Yo administro este legado para
transmitirlo fiel y concienzudamente a todos los pacientes, de forma que con
ayuda de esta Nueva Medicina queden capacitados para comprender su enfermedad y
que, habiéndola comprendido, la puedan vencer recobrando así la salud.
Traducido de la publicación «INTERVIU
AU DR. HAMER».
A.S.A.C.
B. P. 134
73001 CHAMBERY CEDEX.
(Estado Francés).