EL S.I.D.A.
Por el Dr. Ryke Geerd Hamer, Colonia
Prólogo.
La revista científica alemana raum&zeit, de Munich, que desde la verificación de la Ley de Hierro del Cáncer en Viena, en diciembre de 1988, por la gran autoridad de la cancerología austríaca Pr. Jörg Birkmayer, ha publicado varios artículos acerca de los descubrimientos del Doctor Hamer, considerado como uno de los científicos más interesantes de nuestra época, le da dos veces la palabra en su edición de octubre-noviembre 1989 (nº 42).
En un primer artículo, el Doctor Hamer coloca de nuevo al S.I.D.A. dentro del marco de su sistema ontogenético de los microbios, bacterias y virus, y responde a la pregunta ¿Por qué se muere del S.I.D.A.? A este artículo le sigue una discusión científica entre el Dr. Hamer y el decano de la Facultad de Medicina de Düsseldorf, el Profesor Pfitzer, médico y biólogo, que es una autoridad en la R.F.A. en materia de citopatología e histopatología.
Cómo puede matar el diagnóstico de S.I.D.A.
Si existe alguien que desde un principio haya visto en el S.I.D.A. una gigantesca impostura científica, ése es, sin lugar a dudas, el Doctor Hamer. Aunque por razones distintas a las del Doctor Duesberg. Para el Doctor Hamer, toda enfermedad se inicia en el psiquismo. Pero, al igual que el profesor Duesberg, se quedó perplejo ante lo absurdo de los argumentos adelantados por el profesor Gallo en defensa de su hipótesis del S.I.D.A. Tras haber expuesto sus tesis, el Doctor Hamer describe dos casos impresionantes de personas que hasta el momento habían gozado de buena salud, y a quienes se arrastró hasta la antesala de la muerte con el diagnóstico de S.I.D.A. Estas personas tuvieron la suerte de tropezarse con el libro del Doctor HamerFundamento de una Nueva Medicina. Raum&zeit ha informado en diversas ocasiones acerca del Doctor Hamer, en quien vemos uno de los más interesantes científicos de nuestra época, en:
He aquí la exposición que hace el Doctor Hamer acerca del S.I.D.A.:
Las
últimas ediciones de la revista científica raum&zeit han presentado
a los lectores suficiente cantidad de documentos y hechos. Que me dispensan de
repetir ahora esos conocimientos introductorios, y me permiten entrar de lleno
en materia.
En
1987, cuando la campaña de pánico del S.I.D.A., perfectamente orquestada, se
hallaba en pleno apogeo, yo escribía en el libro Fundamentos de una Nueva
Medicina que el S.I.D.A. era la mayor estafa del siglo. Y lo hacía por
varias razones... siendo la más importante de ellas el descubrimiento de la Ley
de Hierro del Cáncer, es decir, la correlación sistemática entre enfermedad
física y causa psico-cerebral. El principal argumento contra las teorías que
afirman que el S.I.D.A. es una enfermedad autónoma se basa en el sistema
ontogenético de los tumores y el sistema ontogenético de los microbios (hongos,
bacterias o virus) que se deduce de ello.
Hagamos una breve recapitulación:
Tal
como han demostrado mis investigaciones empíricas, llevadas actualmente sobre
más de once mil pacientes, es absolutamente inconcebible que un virus
pernicioso, cuyo objetivo es, por así decir, la destrucción de las defensas del
organismo, pueda actuar independientemente de los procesos psíquicos y
cerebrales, casi «in vitro».
La Ley de Hierro del Cáncer enuncia que toda enfermedad -y no ya únicamente el cáncer- es desencadenada por un S.D.H. (Síndrome Dirk Hamer). Es decir, por un choque conflictual biológico muy específico que, de forma instantánea, impacta simultáneamente en el cerebro y en el organismo creando un Foco de Hamer, visible en el escáner, en el centro de control cerebral que representa al órgano afectado, y creando alteraciones, tumores, etc. en el órgano correspondiente.
El
sistema ontogenético de los tumores descubierto por mí en 1987, ordena todas
las enfermedades cancerosas y equivalentes en función de la capa embrionaria
(endodermo, mesoderno, ectodermo) de la cual provienen, y que se forma en las
primeras semanas del desarrollo del embrión.
Por
razones ontogenéticas, a cada una de estas capas embrionarias le corresponde
una zona específica del cerebro, un cierto tipo de temática conflictual así
como una estructura histológica bien definida.
El
sistema ontogenético de los microbios los clasifica en función de las tres
capas embrionarias, de lo que se deduce:
|
Endodermo |
Foco de Hamer en el tronco
cerebral |
|
Mesodermo |
a) Foco de Hamer en el cerebelo
b) Foco de Hamer en la médula
cerebral |
|
Ectodermo |
Foco de Hamer en el córtex
cerebral |
En este
contexto competente significa que cada grupo de microbios no trata más que con
grupos determinados de órganos, derivados de una misma capa embrionaria. La
única excepción a esta regla es la zona limítrofe de los órganos mesodérmicos
gobernados por el cerebelo, que son tratados tanto por hongos parásitos y
micobacterias (principalmente) como por las bacterias (en menor grado), que
normalmente son competencia de los órganos de la capa embrionaria media
(mesodermo) gobernados por la médula cerebral.
El
momento a partir del cual los microbios pueden trabajar no es, como
erróneamente lo habíamos creído hasta ahora, función de factores externos sino
más bien algo determinado por el ordenador que es nuestro cerebro.
Y a la
vez que para los microbios el «objeto a tratar» no es fortuito sino
exactamente determinado por la historia del desarrollo embrionario para cada
grupo de microbios (exceptuando el cabalgamiento observado anteriormente), el momento
en que los barrenderos reciben la autorización para entrar en faena no es
fortuito sino determinado con precisión, en función del sistema ontogenético,
por el ordenador que es nuestro cerebro: se trata siempre del inicio de la fase
de solución del conflicto, es decir, de la fase de curación.
Los
microbios, a los que siempre habíamos tomado como a malvados enemigos, ejército
de adversarios temibles intentando aplastarnos, y a los que en consecuencia era
preciso eliminar a cualquier costo, se descubren ahora como nuestros mejores
amigos, valiosos auxiliares, barrenderos y restauradores bienhechores de
nuestro organismo. Sólo empiezan a trabajar cuando nuestro organismo les da la
orden concreta, desde el cerebro. Y esta orden siempre les es notificado por el
cerebro en el momento justo en el que se inicia la fase de curación, cuando el
organismo, pasando de la inervación simpática a la inervación parasimpática,
entra en una fase de vagotonía (curación) permanente.
El carácter bifásico de las enfermedades.
Hasta
ahora la medicina moderna imaginaba conocer un millar de enfermedades,
repartidas más o menos mitad y mitad entre enfermedades frías,
como el cáncer o por ejemplo la angina de pecho, la esclerosis de placas, la insuficiencia
renal, la diabetes, etc., y enfermedades calientes, como por
ejemplo el reumatismo articular, la glomérulo-nefritis, la leucemia, el infarto
de miocardio, las enfermedades infecciosas, etc. En las enfermedades frías, los
microbios nos aparecían siempre como apatógenos, es decir, desactivados, en
tanto que los encontrábamos en plena virulencia en las enfermedades calientes,
con lo que imaginábamos siempre que ellos invadían o atacaban un órgano.
Pensábamos
pues que era necesario mobilizar a cualquier precio la armada defensiva de
nuestro organismo, reforzar el sistema inmunitario contra la armada temible de
los invasores, contra los microbios o contra las células cancerosas que
buscaban destruirnos. Era una idea completamente falsa.¡Debemos empezar nuestra
Nueva Medicina por el principio, desde cero!.
En el
esquema fundamental que sigue, toda enfermedad comporta dos fases:
En realidad, las enfermedades de una sola fase no existen. Sencillamente se había olvidado -o no habíamos tenido en cuenta- la cuestión complementaria. He aquí por qué nuestra medicina al completo era totalmente falsa. La Nueva Medicina no reconoce más que enfermedades con dos fases, a saber, una primera fase (fría) y una segunda fase (caliente). Este esquema fundamental es válido para las tres capas embrionarias, y para las enfermedades de los órganos derivados de éstos (Ver esquema).
Esta
concepción tiene una inestimable ventaja por encima de la medicina clásica: la
Nueva Medicina se puede demostrar sin fallos y reproducir rigurosamente en el
triple nivel psíquico, cerebral y orgánico. En una palabra: es precisa, exacta
por sí misma. No necesita hipótesis de apoyo como la medicina anticuada, que no
podía dar un paso sin estas muletas y sin las cuales hace tiempo que habría
sido ya desenmascarada. Por ejemplo, las hipótesis relativas a las células
cancerosas malignas que circulan en la sangre arterial. A pesar de que nadie
haya podido observarlas jamás, se considera que se diseminan por vía arterial
hacia otros órganos para fundar nuevas colonias, tumores-hijo, -denominados
metástasis-, de un cáncer preexistente, metamorfoseándose en pleno camino y
conociendo pertinentemente qué tipo de metamorfosis debían efectuar. Por el
contrario, la Nueva Medicina obtiene su lógica de sí misma, prueba las cosas y
obtiene conclusiones sin necesidad de hipótesis de apoyo, prohibidas en nombre
de la probidad y seriedad científica.
Imaginémonos a los microbios
como a obreros de tres clases:
Así
pues, nuestro organismo hace un llamamiento a sus amigos los microbios para
reparar, es decir, para desescombrar, rellenar o nivelar los tumores, necrosis
o úlceras que se han producido durante la fase conflictual activa. Algo
parecido a la revisión técnica de puesta a punto que se aconseja a los
automovilistas.
¿Qué queda del sistema inmunitario?.
Sólo
los hechos, con exclusión de supuesto sistema. En efecto, el sistema
inmunitario, tal como se concebía hasta ahora ¡no existe! Naturalmente, lo que
existen son las sero-reacciones, las variaciones de la fórmula hematológica,
las modificaciones de la hematopoyesis, etc. Pero, si los microbios no fueran
ya un ejército de enemigos, sino un ejército de aliados, controlados y
dirigidos sistemáticamente por el organismo en tanto que simbiotas, ¿qué nos
quedaría del supuesto sistema inmunitario? ¿Un ejército de células mortales, de
células devoradoras, de linfocitos T, etc. apoyada por un escuadrón de
sero-reacciones? El sistema inmunitario, en el sentido que se le ha
querido dar hasta ahora, ¡simplemente no ha existido jamás!.
Pero entonces, ¿qué papel juega el S.I.D.A. en todo esto?.
Que el
lector me perdone por esta extensa introducción o aducción al tema propiamente
dicho, pero era completamente necesaria para comprender lo que sigue. Creo que
ahora estará en posición de captar el meollo del problema, es decir, la esencia
de la pseudo-enfermedad del S.I.D.A. Espero que al final de este capítulo podrá
entender también que esta pseudo-enfermedad no fue, hablando con propiedad, más
que una impostura cometida por Gallo y sus compinches, es decir, por algunas
esferas sociales que imaginaron este ingenioso medio, legitimado por un bluff
científico, para edificar un poder brutal, con base médica, que les permitiera
desembarazarse de sectores indeseables. El lector se quedará estupefacto de
constatar que es así de simple y lógico, y que funciona a la perfección. Eso
sí, sólo es posible a condición de que la prensa -los media- sean amordazados,
aceptando sin una crítica seria este proyecto de embrutecimiento global, ¡de la
misma manera que lo hacen con el cáncer!
En el
caso del S.I.D.A., lo que nos interesa son los virus. El sistema
ontogenético de los microbios nos ha enseñado que también ellos tienen un
puesto muy determinado en este sistema. Su competencia se extiende a todos los
órganos que se derivan del ectodermo (capa embrionaria externa), gobernados por
el córtex cerebral. Hemos visto ya que los virus tratan a estos órganos
únicamente durante la fase de curación. Los síntomas concomitantes son:
vagotonía, generalmente la fiebre, tumefacciones epidérmicas o mucosas
(exceptuando las demás, sólo las mucosas con epitelios pavimentosos son
afectadas por estas tumefacciones). Sobra decir que estos síntomas, que saltan
a la vista, se acompañan naturalmente y sin excepción de cantidad de reacciones
hematológicas y serológicas.
En lo
que concierne al sistema inmunitario, esa especie de noción nebulosa e
indefinida, aplicada para todo e indiscriminadamente tanto en la fase activa
del conflicto como en la de resolución, tanto en lo que hace al cáncer,
sarcomas y leucemia sin distinción, como en todas las enfermedades
infecciosas, cabe decir que a la ignorancia total que reinaba hasta el
momento a propósito de la naturaleza y esencia de las enfermedades, le
correspondía también una incapacidad total de apreciar y clasificar
correctamente el gran número de hechos y síntomas en el terreno serológico y
hematológico.
El
virus HIV, si es que existe, ha sido bautizado virus de la deficiencia
inmunitaria por quienes lo descubrieron, Gallo y compinches. Con ello se daba a
entender, sobre todo, que aquellos que resultaban afectados por esta epidemia
mortal del S.I.D.A. sucumbían finalmente a la caquexia y a una panmieloptisis,
es decir, que no podían ya producir sangre. Ahora bien, este mismo proceso lo
encontramos en el cáncer de hueso, o más concretamente, en el cáncer
anostósico, es decir, en las osteolisis del sistema esquelético (agujeros de
gruyere), que viene siempre acompañado de panmieloptisis (anemia) y cuyo
conflicto ad hoc es, según la localización del sector del esqueleto
afectado, un conflicto de desvalorización de sí mismo específico. La
curación de este tipo de conflicto de desvalorización de sí mismo llevaría a la
reconstitución de la cal en la osteolisis (recalcificación) con los síntomas
correspondientes a la leucemia.
Cuando
un enfermo de S.I.D.A., contra toda expectativa, llega a revalorizarse, la
medicina clásica sale del fuego para caer en las brasas, y cambia su caballo
tuerto por uno de ciego, sometiendo al convalescente a una cura mortal
de quimio-pseudoterapia. Es así como, de una u otra manera, se acaba con él.
Los hechos científicos y pseudocientíficos relativos al S.I.D.A.
Para
completar la exposición necesitaría volver a extenderme a fondo sobre
innumerables argumentos contra el S.I.D.A. formulados en los últimos buenos
artículos de esta revista. Ante la falta de espacio tan solo relacionaré
algunos que me parecen importantes, y uno que me parece extremadamente
importante.
¿No
resulta extraño que nadie se haya puesto todavía a estudiar más a fondo este
fenómeno, que es sin embargo absolutamente sorprendente? Conocemos en efecto
poblaciones enteras a las que no les sucede nada a pesar de resultar en un 100%
seropositivas. Y aunque seropositivos, los chimpancés, que son monos
antropoides, no presentan jamás el menor síntoma susceptible de parecerse al
S.I.D.A.
El psiquismo debe pues jugar un papel importante en este asunto.
Efectivamente,
si la gente sólo cae espectacularmente enferma si se les
dice que son seropositivos, es que ha llegado el momento de ser consciente de
lo que le sucede al psiquismo de un paciente que se ve confrontado a un
diagnóstico aniquilador que es ¡en un 50% mortal!
¿Son
nuestros médicos tan insensibles, que ni uno solo se haya dando cuenta
hasta ahora de lo que sucede en un paciente cuando se le confronta brutalmente
a un diagnóstico así de fulminante? En efecto, el paciente ignora que todo esto
no es más que una mistificación, una impostura fomentada con un objetivo muy
determinado por ciertos ambientes. El desgraciado se lo toma al pie de la
letra, tanto más cuanto que toda la puesta en escena es efectuada por
especialistas de forma completamente profesional.
Dos ejemplos: La mejor ilustración la aportan dos ejemplos sacados de la vida misma:
Primer
caso. Un guarda
forestal retirado que, a título privado, cuidaba del coto de caza de un fabricante,
tuvo un conflicto típico de contrariedad territorial, con ocasión de una
querella mantenida con el arquitecto del fabricante acerca del pabellón de
caza, a cuyo cuidado estaba el guarda forestal. Una vez resuelto el conflicto,
el guarda, durante la fase de curación, desarrolló la obligada hepatitis.
Tenía fiebre, casi 38,5, sus valores hepáticos eran altos, y fue hospitalizado.
Le cuidaron la hepatitis. La fiebre remitió pronto, y las constantes hepáticas
volvieron a la normalidad al cabo de algunas semanas. Hasta aquí, se trata de
un caso perfectamente normal.
Desgraciadamente,
los concienzudos doctores le habían practicado también un test sanguíneo
para la detección del S.I.D.A. Y le salió positivo. El profesor acudió
raudo a la cabecera de su cama, muy excitado, se plantó ante él y le soltó
solemnemente su veredicto fatal: Señor guarda forestal, tiene usted el S.I.D.A.
«Recibí
la noticia como un mazazo», explica el viejo guarda. Él, que hasta entonces
había sido el notable más respetado del pueblo, se iba a convertir ahora
en objeto de escarnio popular. Le tratarían como a un depravado, nadie volvería
a estrecharle la mano ni podría sentarse como antes en un café. Los lugareños,
que hasta entonces le acogían cordialmente, le volverían la espalda. Todos sus
paseos iban a convertirse para él en una pesadilla: tendría la sensación de
pasear entre dos hileras de curiosos. El viejo guarda forestal rompió a llorar.
El profesor se despidió de él -eso sí- sin darle la mano, ¡por lo del peligro
de contagio!
La
misma mañana siguiente era dado de alta en el hospital, también desde luego a
causa del peligro de contagio. Le miraban como a un bicho raro, como si
cada uno se estuviese diciendo: ¡Es la última persona de quien me hubiese
esperado algo así!. Nadie le tendió la mano al despedirse, el profesor
estaba demasiado ocupado para atenderle, y presentó sus excusas.
En su
hogar, su esposa hizo gala de mayor comprensión, eso sí, aconsejándole sin
embargo que no tocase a los hijos ni a los niños pequeños, porque no se sabe
cómo se transmite la enfermedad.
Dos
días después fue citado por su médico de cabecera, una doctora que le habló a
bocajarro de su enfermedad mortal, de la que había sido advertida
directamente por la clínica. «Señor guarda forestal», empezó ella, «debemos
hablar ahora de la muerte. Yo no le abandonaré, y obtendrá de mí todas las
medicinas que le facilitarán la muerte». El pobre viejo guarda al que, dos días
antes, el diagnóstico del médico había ya tumbado por el suelo, empezó a
caer ahora por un abismo sin fondo.
Durante
casi dos semanas, el guarda forestal fue víctima del pánico. Adelgazó, lo que
inmediatamente fue atribuido a un síntoma típico del S.I.D.A. Luego, su
hermana le dio a leer mi libro: Fundamento de una Nueva Medicina, en el
cual se puede ver que todo el pánico desencadenado a propósito del S.I.D.A. no
es más que una infame mentira. ¡Eso le dio mucho ánimo!.
Inmediatamente
recuperó su anterior apetito, volvió a dormir como antes, a tener las manos
calientes. Me llamó por teléfono y se convenció de que lo que le habían hecho
creer era realmente una patraña. Se hizo hacer un escáner cerebral, y cuando,
dos semanas más tarde, vino a verme a Gratz, pude liberarle de todo resquicio
de miedo.
Le
aconsejé que no abandonase sus controles para que no sospechasen que
cuestionaba los dogmas sagrados de la medicina. En lugar de eso, podría
sonreirse cara a cara de sus congéneres, burlándose interiormente de su
ignorancia. Sé que es lo suficientemente listo para hacerlo así.
Segundo
caso. Tras haberse
sometido a una prueba voluntaria, un agente de seguros, compañero sin historia
de una pareja homosexual, resulta ser seropositivo. ¡Su amigo era negativo!
Hasta entonces todavía no había tropezado con un verdadero problema, el
universo era para él un lugar tranquilo. Pero ese mismo día se sintió sepultado
bajo una avalancha de conflictos. Fue ingresado allí mismo en la sección
de aislamiento de un gran hospital. Nadie volvió a tocarle. Su amigo continuó
con él durante los primeros momentos pero acabó abandonándole. Sabe muy bien en
qué momento desarrolló un S.D.H.: lo habían examinado de pies a cabeza con
guantes aislantes, sin encontrarle nada. Sin embargo, las pruebas
detectaban que en su sangre existían anticuerpos anti-VIH, y que el resultado
era positivo. Los dos médicos prosiguieron incansablemente sus exámenes.
Finalmente, uno de ellos descubrió en la zona interna de la planta del pie
derecho una mancha fungiforme, la señaló con el dedo con aire de entendido,
y dijo: ¡Helo aquí, un sarcoma de Kaposi! Luego los dos doctores examinaron de
nuevo a fondo su pene. En el tercer intento acabaron por encontrar una grieta
minúscula, de entre uno y dos milímetros. ¡Ah!, exclamó el otro doctor, ¡ya ha
alcanzado el pene!. El paciente comentó que entonces se sintió caer en un pozo
sin fondo, tenía la sensación de haber quedado apestado, de haberlo perdido
todo, su profesión, sus amigos, el sentimiento de su valía. Se sentía
particularmente desvalorizado en el plano sexual. A partir de ese
momento, y a pesar de las radiaciones de cobalto a que le sometían contra los
malvados virus VIH, fue desarrollando un melanoma a partir del pie
derecho, síntoma de un conflicto de impurificación. Las manchas de
melanoma azul oscuro hicieron también su aparición en el pene, cuello, y a
continuación en el otro pie.
¿Estaban
pues en lo cierto los médicos? Al contrario, lo que hicieron fue precipitar
a este hombre, perfectamente sano, hacia un conflicto de impureza, tal como
se puede constatar en el escáner cerebral sobre el corte de su cerebelo
(todavía activo). Al mismo tiempo, y tras su Síndrome Dirk Hamer, el paciente
experimentaba una impotencia cada vez más pronunciada. Todos los carcinomas que
fueron sucesivamente haciendo su aparición -el melanoma generalizado, las
metástasis óseas, las metástasis de cáncer bronquial, correspondientes a los
conflictos ad hoc, iban siendo catalogados como metástasis cancerosas
del S.I.D.A.-. Finalmente le informaron de que ya no había terapia para él
y lo enviaron a su casa, a morir.
Perdió
peso rápidamente y fue víctima de un pánico total. Aparentemente tenía vida
para tan solo unas semanas. Fue entonces cuando -justo a tiempo, por lo que
parece- recibió mi libro Fundamento de una Nueva Medicina. Descubrió que
el S.I.D.A. es la mayor estafa del siglo, lo que le pareció plausible, claro y
evidente. Desde entonces empezó de nuevo a comer, duerme, ha engordado de nuevo
y el melanoma ha dejado de extenderse. Tengo esperanzas de que lo supere, y si
lo consigue, los demás podrán tener la seguridad de que realmente es la estafa
más grande del siglo.
El
paciente hubiera enfermado por igual -según la Ley de Hierro del Cáncer- tanto
si el test hubiera dado por error un resultado falsamente positivo, como si
realmente lo fuera. Lo que cuenta es que él creyó que era grave y mortal, sólo
eso cuenta.
Si el
paciente no se hubiera sometido voluntariamente a la prueba del S.I.D.A., no le
hubiera pasado nada en veinte años, ya que por aquel entonces gozaba de una
salud perfecta. Esto es algo que se corresponde con exactitud a todas las
observaciones que llevan efectuadas los investigadores: para enfermar de
forma manifiesta, con síntomas (presuntamente) sólidos de S.I.D.A., es preciso
saber que se es seropositivo o, por lo menos, ¡tener temores fundados de serlo!
Hay que
resaltar que, tanto en el primer caso como en este último (tras el diagnóstico
de S.I.D.A., la asociación hecha por el entorno: es un homosexual o un
depravado), ha existido una desvalorización de sí mismo y una osteolisis
ósea. Los que especulan acerca del S.I.D.A. relacionan la cosa de la
siguiente manera: la hematopoyesis ha resultado afectada (formación de glóbulos
sanguíneos, principalmente en la médula roja ósea), ¡se trata por tanto de una
enfermedad de inmunodeficiencia, de S.I.D.A.! Lo que sucede en realidad es que la
desvalorización de sí mismo es la reacción más normal del mundo ante
el hecho de ser considerado como un depravado, al que la sociedad
proscribe y que, además, se encamina de lleno a una muerte inminente (¡completamente
merecida!).
Conclusión.
En el
marco de los anteriores artículos publicados hasta el momento en raum&zeit
sobre el tema del S.I.D.A., la mentira del S.I.D.A. ha sido ampliamente
desenmascarada a nivel teórico. No es únicamente una mentira, es una estafa
consciente y deliberadamente perpetrada para construir una posición de fuerza.
Yo
consideré que mi misión consistía en examinar más de cerca el hecho -a decir
verdad sobradamente conocido- de que únicamente manifiestan síntomas de
S.I.D.A. aquellos que se saben seropositivos. En general, todos se limitan
a darse por enterados del tema sin cuestionárselo. Y sin embargo, es ahí donde
radica el nudo por deshacer para hacer estallar la impostura del S.I.D.A. Es
preciso encontrar una respuesta a la pregunta de cómo se llegan a producir
los síntomas que se atribuyen a S.I.D.A. y gracias a los cuales las
personas pueden ser, y de hecho son, asesinadas.
Sólo la
Ley de Hierro del Cáncer responde a esta pregunta, a partir del Sistema
Ontogenético de los Tumores.
Los
clínicos tienen por costumbre decir: Pero en fin, ¿de dónde proceden los
síntomas? ¿De qué mueren los enfermos? La práctica de la eutanasia está
generalizándose. ¡Y gracias a estos espeluznantes casos clínicos, la prensa
impasible puede continuar celebrando este horrible fraude del S.I.D.A.,
potenciando el sacrificio de las víctimas!
Con todo mi respeto hacia las refutaciones teóricas de la superchería del S.I.D.A. (que fuí uno de los primeros en descubrir en 1987), creo que estamos en vías de desenmascarar el conjunto de esta impostura y sacar de sus casillas al sindicato del S.I.D.A. Este es, en efecto, el punto crucial que permite a cada paciente comprender perfectamente hasta dónde se intenta quebrantarlo. Es preciso explicar con precisión el mecanismo del S.I.D.A. Hacer que se comprenda como el choque psíquico provocado por los propios médicos, por su diagnóstico y pronóstico, genera los Focos de Hamer cerebrales, y los síntomas, pretendidamente de S.I.D.A., en el órgano.
Son
precisamente esos mismos científicos que rehusan hacer públicas las verdaderas
relaciones de causa y efecto gobernadas por la Ley de Hierro del Cáncer, quiénes
han creado la enfermedad de inmunodeficiencia que denominan S.I.D.A., y quiénes
se apresuran ahora a redoblar el cáncer para conservar una segunda enfermedad
obligatoriamente mortal que siga asegurándoles el poder.
Que los
lectores me excusen, yo soy un hombre eminentemente práctico. Ciertamente es
muy interesante discutir del S.I.D.A. manteniéndose en un plano teórico. Pero
entre tanto, los infortunados continúan siendo aterrorizados con el S.I.D.A., y
son brutalmente asesinados siguiendo un esquema de S.I.D.A. Nuestras
brillantes discusiones de salón no son ninguna ayuda para estos pobres diablos.
¡Hemos hacer algo! ¡Todos estamos invitados a movilizarnos, ¡todos somos
responsables! ¡Levantémonos por fin, en nuestro país, y pongamos fin a esta
tortura!.
Traducido
de la publicación LE SIDA.
A.S.A.C. - ASSOCIATION STOP AU CANCER.
B.P. 134.
73001 CHAMBERY CEDEX (Estado francés).